Feb 27 2012

Acerca del vacío existencial…

El mayor azote de la vida moderna es tener que dar importancia a cosas que, en realidad, no la tienen. – Rabindranath Tagore (1861-1914); poeta hindú.

Como sujetos se nos plantea desde el inicio mismo de nuestra existencia la idea de buscar la felicidad, pero el mensaje encriptado en esa fábula de ser felices y completos permanentemente es que nadie nos dice nada acerca del costo a pagar.

Hoy vivimos un idealismo comunicacional que nos vende minuto a minuto una cultura de felicidad interminable: amigos, fiestas, alegría y risas sin fin, donde el único propósito es pasarla bien.

El bombardeo constante de oferta de goces y objetos para satisfacer nuestros deseos aparece como la solución mágica a la falta de respuestas frente al sentido de la vida.

Aparecen objetos deslumbrantes que se enaltecen a expensas de un sujeto que se detiene en su desarrollo, creatividad y que no sufre (…Zaratustra salió de su cueva ardiente y fuerte como el Sol cuando sale detrás de montañas oscuras, y dijo al Sol –radiante astro- ¿Qué sería de tu dicha si no tuvieses aquellos para los que brillas?-…).

Vivimos en una realidad donde se supone que la angustia existencial es una equivocación, no hay lugar para el cuestionamiento del ser, es así que nos horroriza ver el juego mortífero de caminar en el puro placer, las adicciones, los suicidios en jóvenes, etc. La soledad misma del sujeto es algo que se hace insoportable y de la que nadie quiere saber.

Voces mudas denuncian el destino cruel que nos depara la insatisfacción cultural: bulimias, anorexias, adicciones, síntomas que gritan la anulación del sujeto. Estamos siendo devorados por los objetos, por el imperativo de consumo ilimitado, respuesta trágica, aniquiladora a una sociedad consumista que nos hace creer en la imagen de un espejo fallido. Así nos mostramos frente al otro con un personaje creado para engañar, pero que en el proceso el único engañado es el sujeto mismo.

Freud nos habla de culpa, angustia e insatisfacción por vivir en la cultura. Actualmente sentimos culpa por no poder alcanzar el grado de placer establecido por nosotros mismos y por la sociedad, pero los deseos están para ser formulados, no para ser cumplidos. El sujeto persigue la realización de sus deseos pero también teme a su realización y de este miedo deriva la respuesta fóbica que se materializa a través del ataque de pánico, la inhibición ante el miedo, donde el propio psiquismo pone un freno a través del cuerpo.

La fobia es un modo de expresar el miedo, a partir de sus síntomas se fabrican límites, prevenciones y logra que el sujeto se mantenga alejado del objeto de deseo. El hombre retrocede porque se enfrenta a una oferta de goce que de realizarse le costaría su subjetividad. Podríamos decir que, si bien hoy se nos plantea el objeto al alcance de la mano, el sujeto busca protegerse de una realización de deseos que considera excesiva y peligrosa, y frente a la cual se siente pequeño e insuficiente.

¿Cómo soportar esta insatisfacción? Este es el gran enigma del sujeto, el malestar en la cultura es el precio que debemos pagar por vivir en comunidad, reprimir nuestros deseos por el solo hecho de acceder a una vida social.

El sufrimiento humano reside en tres fuentes: el poder de la naturaleza, la caducidad del cuerpo humano y la insuficiencia para regular las relaciones sociales. Las dos primeras son inevitables, pero la que resulta difícil de comprender es la tercera. Supuestamente la vida en sociedad debería generarnos satisfacción, pero no es así, no sabemos cómo responder al otro y esta es la causa que genera hostilidad hacia lo cultural.

Para poder mitigar el sufrimiento ante la insatisfacción constante encontramos tres posibles soluciones: distraernos en alguna actividad, buscar satisfacciones sustitutivas en el desarrollo intelectual o artístico o bien narcotizarnos para poder escapar aunque sea por un rato de la realidad descarnada. Otra manera de evitar el sufrimiento es la sublimación, este proceso hace que la energía se convierta en algo productivo socialmente y así alejamos la culpa y la insatisfacción momentáneamente.

Es posible canalizar nuestro sufrimiento por diferentes vías, que con ayuda de la fantasía nos hacen creer en el posible estado de felicidad, pero ninguno es eternamente efectivo.

La terapia psicológica ayuda a lograr que el sujeto entienda que todos pagamos el precio de la infelicidad por vivir en sociedad, que a muchos nos paraliza el miedo de ver la realidad cotidiana, pero que con síntomas y todo seguimos preguntándonos y tratando de entender, lo más lúcidos posibles, cómo vivir y soportar el vacío de no poder lograr el ideal de felicidad.

Lo que debemos aprender es a disfrutar de los momentos que tenemos, cuestionarnos acerca de nuestros deseos y continuar nuestro tránsito por la vida enfrentando la no realización completa del ser.


Dic 23 2011

¿Cuándo Acudir a un Psicólogo?

A partir del momento en que se desarrolla la palabra, aparece la personalidad humana. – Pierre Lecomte Du Nouÿ (1883-1947); biólogo francés.

¿Qué es un tratamiento psicológico?

Muchas veces nos cuesta tomar la decisión de realizar una consulta psicológica, el ritmo de vida actual nos lleva a estar constantemente expuestos a factores estresantes que impactan tanto en nuestra salud orgánica como mental y postergamos la posibilidad de buscar ayuda, contención o simplemente otra mirada acerca de las situaciones que no podemos llegar a solucionar solos.

Existen aún en nuestra época tabúes acerca de ir a un psicólogo, siempre está el estigma de ser tildado de loco, las opiniones de terceros en creer que no es necesario pagarle a alguien para que escuche, el no querer que otra persona sepa de nuestros problemas, entre varios otros.

Estas opiniones surgen del desconocimiento. El psicólogo profesional está preparado para escuchar desde otro lugar; al ser las situaciones que escucha ajenas a su vida, puede aportar un punto de vista objetivo desde su neutralidad, no es lo mismo contarle los problemas a un amigo o familiar, quien está involucrado sentimentalmente con uno y por lo tanto no puede ser objetivo en sus comentarios o consejos.

Un terapeuta no aconseja, este es otro de los errores clásicos que se perciben en las consultas. Las personas, en su desesperada búsqueda de una respuesta inmediata, erróneamente esperan de su psicólogo un consejo sobre qué hacer. Una vez iniciada la terapia, el trabajo analítico se basa en la estructuración de una especie de plan de acción que el profesional va diseñando según las necesidades de cada caso; esto le sirve al psicólogo como lineamiento para saber adonde va a apuntar el tratamiento y cuáles serán las intervenciones pertinentes al caso.

¿Qué es la terapia psicológica?

Muchos pacientes llegan a la primera consulta con el nerviosismo de no saber qué decir, si tienen que esperar a que el profesional le pregunte, o cómo y qué hacer.

Quien decida consultar a un profesional de la psicología debe despreocuparse de estas cosas y dejar que la entrevista se desarrolle con la mayor espontaneidad posible. El psicólogo está entrenado para posibilitar que el encuadre de la terapia sea el óptimo, de manera de lograr que la persona se sienta segura y logre de a poco distenderse. Esto es lo que en la clínica psicológica hemos dado en llamar transferencia.

La terapia psicológica se basa en la utilización de la palabra, su principal herramienta es la comunicación. A partir de estrategias terapéuticas se busca estimular en la persona el conocimiento de sí misma, posibilitando que encuentre los conocimientos que posee y los utilice para la resolución de sus conflictos; estos conocimientos ya formaban parte de la persona, sólo que estaban adormecidos. A partir de la terapia se va delineando un camino para que la persona pueda utilizar lo que posee y adquiera seguridad en su accionar.

La comunicación entre el psicólogo y la persona debe darse en un clima de plena confianza, donde los recursos son el habla y la escucha. Esto nos lleva a la necesidad de establecer un ambiente en el cual la persona sienta la confianza que puede decir todo aquello que le pasa, sin el temor de ser juzgado o sancionado. Este clima de confidencialidad, respeto y privacidad es imprescindible, ya que si no se da esta relación transferencial la terapia no funciona.

A partir de la terapia afloran las posibilidades de modificar conductas negativas, fortalecer la autoestima, restablecer las relaciones interpersonales, entre otras cosas.

Los beneficios de la terapia psicológica

En la terapia no sólo se obtiene la satisfacción de poder superar ciertos problemas, sino que también se aprenden nuevas formas de pensar, de escuchar y de afrontar la realidad cotidiana con otras herramientas. Los problemas y aquellas situaciones que generalmente causan malestar pueden ser resueltos desde una perspectiva analítica y sin la necesidad de llegar a los extremos de sentirse superado por la angustia, paralizado o con síntomas (insomnio, tristeza, problemas psicosomáticos, etc.). Los síntomas surgen cuando en la persona falta el recurso de la palabra, es necesario poner en palabras lo que nos pasa para así lograr tramitarlo psíquicamente. Se aprende a manejar la angustia y la ansiedad y afrontar de esta forma el estrés, la timidez, el miedo, superar inhibiciones, etc.

A partir del trabajo psicológico es posible encontrar alivio a situaciones de estrés, angustia, depresión, ansiedad, fobias, duelo, y en general cualquier trastorno psicológico.

Está demostrado que problemas de salud como la obesidad, bulimia, anorexia, enfermedades crónicas, problemas de piel, problemas gastrointestinales, entre otros, tienen en su origen una fuerte conflictiva emocional sin solucionar; a partir de la psicoterapia se logra un gran avance en la resolución de estos conflictos.


Oct 15 2011

Entrevista en Radio Mitre

Entrevista realizada el 15 de octubre de 2011 en el programa de Ariel Amato por Radio Mitre Rosario acerca de los conflictos en las relaciones de pareja.


Sep 15 2011

¡Ayuda! ¿Qué hago con mi hijo que no puede rendir exámenes?

A menos que creas en ti mismo, nadie lo hará; este es el consejo que conduce al éxito. – John Davison Rockefeller (1839-1937); industrial estadounidense.

Esta temática preocupa tanto a los padres como a los jóvenes. Los chicos se sienten demasiado presionados por cumplir socialmente con una expectativa que han puesto sobre ellos, ante la cual no pueden actuar y sus padres sienten incertidumbre con lo que les pasa.

Ante esta realidad, bastante frecuente por cierto, surgen multitud de interrogantes en el joven: ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?, ¿Elegí la carrera adecuada?, ¿Tendré la capacidad intelectual para esta carrera?

Los padres desorientados comienzan a buscar explicaciones, se preguntan si es desgano, apatía, si se han mezclado en grupos de amigos que “los llevan por mal camino”, si están consumiendo drogas, etc. Todos estos temores en los padres se acrecientan aún más cuando el joven se ha ido a estudiar a otra ciudad y ellos pierden un poco el control sobre lo que está haciendo.

Lo primero que hay que dejar en claro es que ante la situación de no poder enfrentar un examen se juegan miedos, incertidumbres y ansiedades que hay que aprender a manejar. El principal motor para no querer enfrentar estas situaciones es el miedo al fracaso.

El cambio de la vida escolar a un ámbito universitario o terciario es vivido muchas veces como traumático, ya que las cosas son muy diferentes; al ser cursos más concurridos con compañeros nuevos se llega al anonimato, las posiciones de los docentes son más rígidas y neutrales, eso hace que algunos jóvenes se sientan desolados, inseguros, con temor a preguntar para no hacer el ridículo e incluso los abruma la cantidad de material nuevo a aprender.

Muchas veces estas actitudes de apatía o desgano vienen enlazadas a un discurso familiar en el que prevalece la actitud crítica e inhibidora. El joven, al no poder desprenderse de este discurso crítico, lo que hace es trasladarlo a todos sus ámbitos sociales y siente que siempre está en falta. Una aclaración importante es que este discurso es necesario y no es para nada nocivo, sólo que el joven lo toma de una manera sobredimensionada, siente que carga una mochila muy pesada sobre él y es a partir de esta acción de no rendir como muestra su rebelión contra esa mirada juzgadora de los demás. Obviamente este es un proceso puramente inconsciente, ya que no lo hace disfrutando de esta situación, sino todo lo contrario, lo sufre porque recae sobre él todo el sentimiento de culpa por no poder cumplir ni con él ni con los demás.

Este tipo de procesos pueden darse en el inicio de la carrera, a veces se da cuando ya hay varios años cursados y otras veces cuando ya son pocas las materias que le faltan rendir para graduarse.

El trabajo clínico que se realiza con el joven que enfrenta esta situación problemática es inicialmente fortalecer la confianza en sí mismo para que a partir de ahí pueda despejar qué es lo que le pasa, se derriban los mitos acerca de las carreras, materias o los profesores “monstruos” que tanto inhiben al estudiante y se intenta que de a poco pueda relativizar los comentarios de los demás. Todo esto se circunscribe a un desconocimiento propio de cuáles son las capacidades y herramientas que posee para afrontar esta realidad, es una falta de confianza en sí mismo.

Desde luego desde la clínica psicológica se tiene en cuenta principalmente el diagnóstico, si sólo es una cuestión de inseguridad o si la persona está pasando por un proceso inhibitorio más complejo, también son factores a tener en cuenta el desarraigo, los lazos sociales, posibles situaciones traumáticas que no han sido tramitadas en su momento, duelos o pérdidas amorosas, etc.

Todo esto es superable a través del trabajo psicológico comprometido, con esto quiero decir que de nada sirve llevar a un joven con un psicólogo si aquel no está convencido de que necesita ayuda. La decisión final y la efectividad de la terapia dependen fundamentalmente del joven.


Ago 28 2011

¿Qué esperar de la terapia de pareja?

Una escena entre un hombre y una mujer tiene siempre tres versiones distintas: lo que dice el hombre, lo que dice la mujer y lo que realmente ocurrió. – León Daudí (1905-1985); escritor español.

Cuando una pareja decide consultar a un profesional para tratar de solucionar sus problemas conyugales, generalmente es la última opción que creen tener antes de la decisión de separarse.

Muchas veces los integrantes de la pareja esperan una solución mágica o que el psicólogo les diga exactamente qué hacer; desafortunadamente esto no es tan así. El trabajo no lo hace el profesional solo, sino la pareja, lo cual es bueno en el sentido que no se volverán dependientes del psicólogo a largo plazo para mantener una relación saludable; concluida la terapia dispondrán de herramientas que antes no conocían o que no utilizaban. La función del profesional es de encuadre del proceso y de mediación.

En este punto la relación ya ha llegado a un estado en el cual la comunicación se ha roto por completo y donde lo que más prima son los reproches, las culpas, las agresiones de todo tipo y sobre todo la egocéntrica posición de ver quién es el más fuerte de los dos. La convivencia se torna casi insoportable, aparecen sentimientos ambivalentes de amor-odio dados por las situaciones conflictivas que llevan a no poder discernir el sentimiento real por la otra persona.

Todo se encuentra muy movilizado desde la angustia, la bronca y el recuerdo de las situaciones en las que se sintieron agredidos por el otro. En esta instancia ya no se piensa en la otra persona, sino que por el contrario, cada uno busca resguardarse y protegerse desde su lugar; es como si hubieran desatado una guerra en la cual cada uno defiende su bandera sin importarle como impactan las palabras en el otro.

Pareciera que todo lo que en un momento los unió ha desaparecido. Aquella elección que hicieron inicialmente se vuelve confusa y se da un desencuentro tal que desconocen a la persona que tienen al lado.

Se escucha confusión y contradicción en frases como “quiero seguir, pero no así”, “ya no sé qué es lo que quiero”, “hace demasiados años que estamos juntos”, “quiero salvar la pareja por mis hijos”, etc. Al concurrir juntos a una sesión terapéutica manifiestan “lo que no nos falta es amor”, en las sesiones individuales contraponen “no sé si sigo enamorada/o”.

Esta confusión es algo a despejar en la terapia, pero para poder iniciar el trabajo terapéutico es imprescindible contar con el compromiso de ambas partes, la sinceridad con el profesional y sobre todo el estar abierto a escuchar y a aceptar.

En el inicio de la terapia es necesario hacer un trabajo de contención de cada una de las partes por separado; este trabajo es necesario para liberar la tensión y dar lugar a la queja. El hecho de poder poner en palabras lo que siente cada uno sin tener al otro al lado hace que la persona sienta que se saca una mochila de encima.

La metodología de iniciar el trabajo por separado tiene como finalidad estabilizar emocionalmente a cada uno, ya que después de tanto tiempo de tensión ambos se encuentran quebrados emocionalmente, cansados y necesitan liberar tensiones.

Luego de este proceso inicial se comienza a trabajar en el restablecimiento del dialogo perdido y en proyectar objetivos nuevos para la pareja, generando el reencuentro y la re-significación de los lazos que los unen.

El proceso de terapia no tiene un tiempo establecido, todo depende de cómo responde cada persona al trabajo terapéutico y de la funcionalidad de cada pareja en la terapia. Generalmente al inicio de la terapia, las parejas comparan sus experiencias terapéuticas con las de otras parejas, que muchas veces son las que les recomendaron ir a terapia. Aunque es bastante frecuente, ese tipo de comparaciones es erróneo: “Cada terapia de pareja es única para cada pareja”.

Es bueno poner expectativas en la terapia, pero también es importante entender que durante el trabajo se pasan por diferentes fases, momentos de avance, algunas veces de estancamiento y otros en los que parece que se ha producido una regresión a las mismas situaciones por las cuales consultaron al psicólogo. Todo lo antedicho es parte del proceso normal, lo importante es ser constantes y no creer que todo se derrumba ante el primer obstáculo. El trabajo toma tiempo, es paso a paso, hay que armarse de paciencia y no dejarse inundar por la ansiedad que las cosas se resuelvan de inmediato, sino que hay que entender que los logros duraderos se ven y se fijan con el tiempo.


Jul 4 2011

Cuando un amor se termina… Duelo y pérdida

Pero por más que uno sufra
un rigor que lo atormente,
no debe bajar la frente
nunca, por ningún motivo:
el álamo es más altivo
y gime constantemente.

José Hernández (1834-1886); poeta argentino.

Es imprescindible hacer una aclaración inicial: cuando hablamos de proceso de duelo no nos referimos únicamente al estado emocional que se sufre tras la muerte de un ser amado.

El duelo es un proceso natural que se experimenta a partir de una pérdida significativa. Este proceso involucra lo psíquico y lo emocional.

Esta situación de pérdida tiene que ver con el desprendimiento emocional del objeto o situación, por lo cual el proceso de duelo puede darse por la desaparición física de la persona amada (muerte), la finalización de una relación, un objeto o una situación.

La persona siente una desazón profundamente dolida, pierde el interés por las cosas y personas que la rodean, pierde la capacidad de amar, experimenta una inhibición de toda productividad, cree que no puede trabajar ni realizar ninguna tarea intelectual, hay una gran desestimación por sí mismo, la persona se siente culpable, se autodenigra y cree ser merecedora del sufrimiento. Hay una entrega incondicional a la memoria del objeto amado.

Duelo y pérdida son términos que están íntimamente relacionados. El proceso de duelo variará según la relevancia de la pérdida. Al ser procesos subjetivos, es imposible estimar un tiempo de duración, por lo que será más o menos largo y más o menos doloroso según la capacidad psíquica que posea la persona para adaptarse a su nueva situación.

Durante el transcurso del duelo, se vivencian distintas etapas emocionales claramente identificables en las personas que pasan por la situación de pérdida de un objeto amado.

La emoción que se experimenta en el duelo inicialmente es negar la situación; este proceso de negación es un mecanismo psíquico defensivo de primera instancia que se da porque nuestro psiquismo se niega a aceptar la pérdida. A esta etapa le sigue el romper las ligazones psíquicas que había con el objeto y a partir de ahí se da la tramitación del duelo que lleva a la aceptación de la pérdida. Un duelo se da por superado cuando la persona es capaz de recordar aquello que se perdió sin tener la sensación de vacío, de que algo le falta, sin sentir dolor.

Una persona, sea adulto o niño, puede pasar por varios procesos de duelo en su vida como, por ejemplo, la muerte de una mascota, la muerte de un ser querido, divorcios, pérdidas de empleo, mudanzas, entre muchas otras situaciones.

Cuando el duelo se prolonga más de lo recomendable, según sea la situación, hay que tener cuidado y estar atentos a pedir ayuda, ya que si se pasa la barrera del duelo normal al patológico el precio subjetivo a pagar es muy caro.

Es indispensable saber que en estos procesos la ayuda profesional puede brindar la contención y confianza necesarias para poder hablar del tema agotando la angustia y así poder hacer el sufrimiento soportable, encaminando hacia el pronto desenlace del proceso sin llegar a los extremos patológicos.

No hay que tener miedo ni vergüenza para decir lo que sentimos, tenemos que entender que todos somos sujetos y que todos en algún momento de nuestra vida hemos pasado o vamos a pasar por estas situaciones de dolor agobiante.


May 25 2011

Las nuevas tecnologías, su uso y abuso

La ilusión vale cuando la realidad la toma de la mano. – Anónimo.

Hoy en día el acceso a nuevas tecnologías es cada vez más sencillo y no está restringido a quienes poseen poder económico. El beneficio que nos brindan está en la posibilidad de acceder a herramientas que abren un abanico de posibilidades para quienes sepan aprovecharlas (tanto intelectuales, laborales y comunicacionales). Pero a su vez existe una contracara de este acceso, su doblez está negativamente ligado a su mala utilización que lleva al desarrollo de sintomatologías peligrosas, ligadas a situaciones de abuso y dependencia.

El acceso ilimitado a Internet, la generación de redes sociales, chat, celulares de alta gama que permiten estar conectado todo el tiempo se esté donde se esté, la generación del WI-FI… Todo esto está provocando que el sujeto prescinda cada vez más del contacto cara a cara. Todo es virtual, y es ese virtualismo el que lleva a que muchas veces sea difuso distinguir entre lo real y la fantasía.

Lo virtual deja la puerta abierta al anonimato, detrás de un mensaje se esconden muchas veces personalidades que en la vida social cara a cara no son como en el chat; se tapan miedos, inhibiciones, timidez y quien quizás en su vida diaria no es capaz de decir o hacer ciertas cosas, a través de una cámara web se anima a todo, pero se anima porque, si bien se está mostrando, en realidad no muestra su verdadero yo, lo que hace es actuar un papel para seducir.

Este mostrar deja desnudo al sujeto, se puede ver y dejarse ver en plena intimidad, sin muchas veces tener en cuenta los riesgos que conlleva el mostrarse. Es así que le estamos dando la posibilidad que, entre tanta gente anónima que “creemos conocer”, se mezclen también aquellas que utilizan este medio para la satisfacción perversa más pura, topándonos algunas veces con patologías peligrosas como la pedofilia, el voyerismo, las incitaciones suicidas y los falsos consejeros que manipulan a la persona para que realice actos en favor de sus propios deseos.

La fantasía, el engaño, la ilusión-desilusión y el falso acompañamiento son algunas de las negativas del mal uso de las tecnologías.

El riesgo es el alcance. Tanto niños, adolescentes y adultos que no están psíquicamente estables o preparados para comprender que este medio de comunicación virtual sólo debe servir como una herramienta más. Cuando se utiliza la tecnología con el fin de establecer relaciones sociales sólo por estos medios, aislándose de la sociedad, es ahí donde se da el equívoco y la persona se vuelve cada vez más dependiente del aparato, dejando de lado su vida cotidiana, muchas veces perjudicándola en sus distintos planos (social, laboral, familiar, etc.). Todo lo que a la persona le suceda, sienta o piense va a pasar por los comentarios de estos amigos virtuales. Se utilizan sin medir las consecuencias de cómo pueden impactar en el otro expresiones de deseo y elogios, que llevan a vivenciar situaciones que lejos están de lo que real; lo que quizás en la vida nos ha llevado años y años construir, en lo virtual sólo lleva semanas o meses.

Con el uso irresponsable de estas tecnologías se corre el riesgo de creer que esto, que está más cerca de la fantasía, se convierta en la realidad de la persona y el desengaño o la desilusión tan común en este medio pueda acarrear consecuencias catastróficas para quienes han depositado su confianza en él.

Debemos estar atentos tanto con nuestros hijos como con nosotros mismos, ya que muchas veces sin darnos cuenta caemos en la tentación de lo que la vida virtual nos ofrece, el facilismo, la inmediatez de alcanzar todo lo que queremos desde la tranquilidad de nuestro hogar y la dudosa promesa de felicidad, en las cuales se mezclan desde la idea de encontrar al amor anhelado hasta el amigo más compresivo.

Debemos promover el uso responsable de las tecnologías con la idea de hacer un principio de realidad y saber que estas herramientas comunicacionales nos acercan, pero siempre va a ser más seguro el lazo comunicacional establecido y fortalecido a través de conocer a las personas no sólo en la comunicación verbal o escrita, sino también en la comunicación no verbal (gestos, miradas, posturas, etc.).

Si comprendemos y aplicamos el uso consciente de las nuevas tecnologías, vamos a poder disfrutar de herramientas muy útiles, pero siempre con los pies en la tierra y sabiendo que en la vida las cosas no se dan a la velocidad de una conexión de Internet. Es bueno tener la satisfacción de conseguir lo que queremos con esfuerzo, eso es lo más gratificante…


May 22 2011

¿Es conveniente que los niños tengan su propio teléfono celular?

Nota Revista RumbosNota publicada en la Revista Rumbos, del Grupo de Revistas de La Nación, número 404 del 21 y 22 de mayo de 2011. Clic en la imagen para agrandar.


Abr 12 2011

Trastorno de Ansiedad… Cuando nuestro cuerpo nos habla

ansiedadPasé más de la mitad de mi vida preocupándome de cosas que jamás iban a ocurrir. – Sir Winston Churchill (1874-1965); político inglés.

Habitualmente cuando decimos que estamos ansiosos nos referimos a la sensación de nerviosismo o preocupación que percibimos ante ciertas situaciones de la vida cotidiana.

Las señales de ansiedad son un conjunto de reacciones corporales que se presentan en las personas ante situaciones de temor. Este temor puede ser real o no; con esto quiero decir que la ansiedad hace que la persona se anticipe a la situación. Ese temor se percibe muchas veces como una amenaza o peligro ante lo que se podría presentar en un futuro. La persona ansiosa se preocupa demasiado por lo que puede llegar a suceder, lo que provoca que tanto el cuerpo como la mente experimenten sensaciones de nervios, insomnio, palpitaciones, entre otros síntomas.

Mientras la ansiedad sea sólo una señal de alerta y la persona sepa manejarla no hay mayores consecuencias. El problema se presenta cuando este síntoma se instala tan fuerte en la vida de la persona que ya se le hace imposible controlarlo y se llega al desborde, lo cual genera angustias masivas y cierto tipos de patologías como: fobias, ataques de pánico, procesos inhibitorios, depresión o enfermedades psicosomáticas que atacan tanto la piel como los órganos gastrointestinales.

Muchas veces se comete el error de confundir un proceso ansiógeno con una depresión. Si bien en la ansiedad se experimentan sensaciones de desasosiego y angustia, no se dan otros síntomas propios de la depresión.

Podemos decir que la ansiedad se vuelve un problema, una patología, cuando se convierte en el estado frecuente con el que se vive, se vuelve algo habitual. Esto es palpable tanto para la persona misma como para su entorno; la persona comienza a circunscribir sus actividades sociales y su vida al lugar en el cual se encuentra seguro. A su vez, los procesos ansiógenos llevan a que quien los padece tenga pensamientos negativos, su proyección de futuro sea oscura, posea baja autoestima y se rotule a sí mismo con la etiqueta “YO NO PUEDO”.

Al darse esta especie de paralización, los desarrollos de angustia son frecuentes. Si bien se lo escucha decir que quiere salir de esa situación, la inhibición es tan fuerte que sólo deja a la persona instalada en la queja y sin capacidad de accionar sobre la realidad. A partir del trabajo clínico psicológico, que muchas veces va acompañado por un tratamiento farmacológico, se va recobrando poco a poco la confianza en sí mismo y por lo tanto la posibilidad de actuar para cambiar.

Este tipo de trastorno está principalmente asociado a la forma en que una persona piensa acerca de sus problemas, cómo se dispone a enfrentarlos y las herramientas simbólicas de las que dispone. Posiblemente lo más efectivo, y sobre todo preventivo, es aprender a manejar las emociones, las sensaciones y los pensamientos.

Es ahí donde la ayuda de la terapia psicológica es importante; a partir de ella se aprende a lidiar con las situaciones de angustia manejándolas de manera que no causen males mayores; se trabaja con la autoestima de la persona haciendo hincapié en que toda situación que se nos presenta en la vida, por más terrible que nos parezca, tiene su solución y que cada persona en particular posee las herramientas para lograr la solución, sólo que muchas veces no sabe cómo utilizarlas.

La mejor manera de prevenir los trastornos de ansiedad es aprender a leer y decodificar los mensajes que nos dan nuestro cuerpo y mente. Las pequeñas señales de angustia y ansiedad son un alerta a tener en cuenta…


Mar 27 2011

Ataques de pánico… Pedir ayuda a tiempo

A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana. – Charles Péguy (1873-1914); escritor francés.

Hoy en día es natural escuchar que alguna persona conocida sufrió en algún momento un episodio de pánico, no vacilo en hacer público que yo misma los he sufrido. Ya no se toman como algo raro y las mismas personas que los han sufrido pueden enumerar los síntomas y lo que se siente cuando se vivencia un ataque de pánico.

Lo que no sabemos es que, como cualquier otra dolencia, la duración, frecuencia e intensidad de estos ataques va a depender mucho del momento en el cual pidamos ayuda y a qué tipo de profesionales acudamos.

Cuando uno sufre un ataque de pánico vivencia palpitaciones, elevación de la frecuencia cardíaca, dolor en el pecho, vértigo, mareo, náuseas, inestabilidad, dificultad para respirar, transpiración o escalofrío, sensación de ahogo, molestias abdominales, cosquilleo o entumecimiento en las manos, sensación de estar soñando o deformación de la percepción, terror. En pocas palabras uno se siente morir, se tiene la sensación que algo horrible va a pasar y que uno no puede evitarlo, la persona se paraliza.

Este episodio suele durar unos diez minutos aproximadamente, es acompañado por una enorme carga de angustia que muchas veces se libera a través del llanto y con un gran estado de tensión, es como si los mecanismos corporales que generalmente se ponen en funcionamiento ante una situación de peligro se disparasen inesperadamente y sin motivo alguno. Nos puede pasar en cualquier sitio: en el supermercado, en el banco, en la calle, haciendo compras, no hay sitio ni momento definidos que la persona pueda distinguir, es imposible anticiparlo, una vez sucedido se comienzan a vivir estos episodios con más frecuencia y son cada vez más intensos, lo cual preocupa no sólo a la persona que los sufre que, como medida de prevención hace un aislamiento y se queda en su casa buscando un refugio de los ataques, sino también al entorno familiar, llegando muchas veces a generar conflictos familiares y laborales.

El ataque de pánico tiene como base un trastorno de ansiedad, lo que dispara el ataque es la existencia de un estado de ansiedad y angustia inmanejables para la persona y, como en todo ataque, hay una situación específica que actúa como disparador. Hasta ese momento la persona más o menos se las arreglaba con su angustia, pero a partir de ese suceso desencadenante y tras haber sufrido el ataque de pánico es como si el propio cuerpo y mente dijeran basta.

Antes de llegar a estas situaciones hay señales de alarma; estas señales que emite nuestro psiquismo son pequeños desarrollos de angustia, los cuales generalmente dejamos pasar sin darles mayor importancia, pero estas señales se van incrementando si no se toman medidas.

El estar expuestos a malestares continuos de todo tipo (familiares, laborales, sociales) lleva a que se den episodios de este tipo; nos sentimos sobrepasados por las situaciones, no encontramos sentido a lo que hacemos, no podemos proyectarnos a futuro porque todo se ve desde el negativismo de sentirse vacío, solo y sin que nadie entienda lo que se sufre. Así es que nuestro margen de tolerancia se ve sumamente rebasado y nuestro YO cada vez más débil.

En estos momentos quienes menos pueden ayudarnos son los amigos o allegados; la persona que sufre estos episodios se siente incomprendida, su entorno tiende a minimizar lo que le pasa, dando consejos del tipo: “no te hagas problemas, salí a divertirte, distraete”.

Lo primero que se suele hacer al sentir estos síntomas es acudir a un médico clínico para descartar algún tipo de afección cardíaca o de origen orgánico. Una vez descartado todo lo que respecta a la clínica médica y al recibir la noticia de que no hay nada físico, llega la recomendación de iniciar un tratamiento psicológico, a lo cual muchos responderían: -”pero si lo que yo siento es corporal”. Así, progresivamente, comienza el camino de aceptación de que nos encontramos frente a un trastorno psicológico.

El tratamiento para este tipo de trastornos de ansiedad con episodios panicosos comienza con un respaldo farmacológico, seguido por un profesional psiquiatra y un tratamiento psicológico a la par. Es necesario que ambos tratamientos sean paralelos por un tiempo, ya que uno da la base para que pueda funcionar el otro. Es necesario comenzar con una medicación para bajar los niveles de angustia y ansiedad en la persona, ya que si se inicia sólo el tratamiento psicológico sin que el paciente esté medicado va a ser casi imposible establecer un trabajo analítico porque la persona se encuentra tomada por la angustia y sólo manifiesta síntomas, sin poder hablar.

Una vez que la medicación comienza a hacer efecto es más fácil para la persona hablar y realizar el tratamiento psicológico. A partir de la realización de estos tratamientos generalmente las mejorías son notorias en muy poco tiempo. Desde la terapia se educa al paciente en el manejo de situaciones de máxima angustia o ansiedad; así, cuando reaparecen los episodios de pánico, ya se sabe cómo actuar y manejarlos sin dejar que la situación lo sobrepase. La persona sabe que no se va a morir por esto y que con la ayuda de los profesionales indicados es totalmente manejable.


Mar 15 2011

Adolescencia: Un pasaje turbulento… ¿Hacia dónde?

La juventud sabe lo que no quiere, antes de saber lo que quiere. – Jean Cocteau (1889-1963); escritor francés.

Antes de empezar a desarrollar lo que se entiende desde la psicología por adolescencia, debemos tener en cuenta que todos los adultos hemos pasado por esta difícil etapa de nuestra vida, en la cual nuestro camino estaba plagado de incertidumbres, interrogantes y angustias.

Todos los que pasamos por esa etapa de la vida nos hemos sentido incomprendidos, incapaces de sostenernos solos y con la inmensa necesidad de salir y querer llevarnos el mundo por delante, aventurarnos con las escasas herramientas que construimos a través de nuestra joven historia.

“¿Quién los entiende?”, “Antes no éramos así”, “La juventud de ahora está perdida”. Estos son algunos de los interrogantes y afirmaciones que plantean los padres de los adolescentes de hoy. La preocupación es tal que los lleva a intentar soluciones mágicas para evadir algo que todo sujeto debe transitar y tramitar psíquicamente a su manera y con las herramientas que tenga a su alcance.

Se define a la adolescencia como esa etapa de la vida cuyo principal proceso de construcción es la identidad, lo cual no es nada fácil. Es un estado conflictivo del individuo en relación con sus padres y con otros representantes de la autoridad, estado de máxima conmoción, de metamorfosis y de transformación del sujeto. Es el momento en el cual ese niño se despierta de forma traumática viviendo cambios hormonales, físicos y psíquicos que no logra entender del todo.

Se plantea la pregunta por la identidad ¿Quién soy yo? Aquí entra en contradicción lo que los padres dicen que es y lo que el adolescente siente, que usualmente no es lo que los padres dicen; así se inicia la búsqueda de la respuesta a ese gran interrogante por la identidad. Parte de este recorrido contiene la conformación de la identidad tanto personal como también vocacional-profesional.

¿Cómo me veo hoy? A partir de este interrogante podemos vislumbrar los miedos, deseos e inquietudes que tiene el adolescente en cuanto a su futuro, cómo se proyecta, sobre qué base funda su deseo, etc.

¿Qué quiero ser?, ¿Qué quiero hacer? Estos interrogantes abren la puerta al imaginario, cómo este joven se ve en su futuro, siendo esto, aquello o haciendo tal o cual cosa.

A partir de estos interrogantes se inicia la difícil tarea de reconocerse, en este tránsito el adolescente va a “duelar” al niño idealizado de los padres para ir construyendo su propia identidad, pero ya no a partir de los ideales paternos, sino que esta vez comienza a mirar hacia fuera. Los ideales de la infancia que en un momento le sirvieron de sostén son cruelmente cuestionados. Esto es lo que tanto angustia a los padres y adultos en general.

En este camino el joven debe encontrar su “yo”, que ya no es más el que sus padres depositaron en él cuando era pequeño, sino que a través de un proceso de idealización irá identificándose y construyendo su ideal del yo. Esto significa hacer una elección de vida nueva, ya no es más “mi mamá quiere que sea doctor”; aquí es cuando debería escucharse “yo quiero ser…”. En ese “yo quiero” está la pasión por hacer tal o cual cosa, orientarse por una profesión, trabajar, querer construir su propia familia.

Cuando el joven realiza esta elección lo que realmente está logrando es fundar un nuevo deseo, palpable por ejemplo cuando los escuchamos decir: Soy músico de alma, esto me llena, mi trabajo es mi pasión, es más fuerte que yo, estudio medicina porque quiero ayudar a las personas, me veo como profesional, sueño con ser así, etc.

Lo que se ha planteado hasta aquí es la salida normal adolescente, construir una nueva forma de vida que sea particularmente satisfactoria, lo que no quiere decir que sea satisfactoria también para su grupo familiar. No siempre nos topamos con esta salida, el “ideal del yo” que hemos mencionado está orientado por el padre. Durante los últimos tiempos hemos visto decaer la autoridad paterna, lo cual se deduce de la crisis de las instituciones y de otros malestares culturales, en los cuales la función paterna aparece desgastada, ridiculizada y hasta ausente; así, al aparecer la función paterna en falla, se dificulta el trabajo de búsqueda del sujeto en encontrar un ideal para su yo.

Tal función paterna debería haberle servido de base para su búsqueda y donar al niño los emblemas simbólicos necesarios para que, una vez convertido en adolescente, pudiese construir sus propias herramientas para hacer frente a su realidad.

Cuando este proceso subjetivo no encuentra resolución aparece el síntoma, palabra que paraliza, pero el síntoma es la forma más directa que encuentra nuestro psiquismo para decir basta; lo que el sujeto no puede poner en palabras lo actúa (no debemos confundir síntoma con patología). En otro apartado aclararé cuáles son las patologías propias de la adolescencia.

Desde el trabajo profesional psicológico no se puede plantear la restauración de la figura paterna para ayudar al adolescente, lo que sí podemos hacer es apostar al recurso que trae cada sujeto y esa herramienta es su síntoma. Cuando un adolescente no encuentra una salida a su problema aparece el síntoma en su ayuda, para ponerle un tope al goce y plantear el interrogante que lo llevará a golpear la puerta de un analista.

Allí se podrá descifrar el interrogante del síntoma, porque es a partir del análisis que el sujeto encuentra las razones de lo que le pasa y de lo que desea hacer con su vida.


Mar 14 2011

Relaciones de Pareja… Introducción

relaciones de parejaEl amor implica un fenómeno tan raro que se puede vivir toda la vida sin encontrar el ser a quien la naturaleza ha concedido el poder de hacernos feliz. – Honoré de Balzac (1799-1850); escritor francés.

Cuando hablamos sobre relaciones de pareja es interesante comenzar a delinear la temática desde el inicio de la pareja. Es en este tiempo de constitución cuando se dan los procesos pilares que, si se logran mantener fuertes, darán como fruto una relación de pareja saludable.

Inicialmente en el proceso de elección de una pareja hay un impacto, una atracción que deslumbra a la persona, el sujeto siente que esa persona quizás sea la indicada como compañera de vida. Cuando ve a la persona experimenta distintas emociones, nerviosismo, no saber qué decir, sentirse paralizado, etc. Esta atracción física primaria se estabiliza cuando se da un lazo comunicacional y así se dan otros tipos de deslumbramientos que generan una cautivación en el sujeto.

Todo lo que su pareja hace o dice le parece fascinante, siente que son iguales, le atrae su forma de ser, de hablar, de pensar, su sensibilidad, su alegría, siente que esta persona lo complementa, que es perfecta, que jamás sintió algo igual y comienza a darse la creación ilusoria de un posible futuro juntos.

Este primer proceso que hemos detallado es lo que Freud ha nombrado como período de enamoramiento, el cual puede durar varios meses y contiene identificaciones e idealizaciones. Identificaciones en el hecho de creer que esa persona es igual a mi e idealización en el sentido de elevar a esa persona como portadora de todas aquellas virtudes que anhelo en mi.

Así van pasando los días, tal vez los meses e incluso los años en una pareja, y en este andar van apareciendo las diferencias. Aquello que les parecía tan maravilloso ya no lo es tanto, comienzan a darse discusiones y hasta rechazos de contacto físico; antes querían estar todo el tiempo juntos, ahora sienten que tanto contacto llega a asfixiar.

A la luz de la pareja, pareciera que de pronto todas esas cualidades angelicales se tornasen más bien terribles defectos. Estas diferencias que lograron la unión ahora podrían convertirse en el peor enemigo de la relación.

Las diferencias alimentan la relación, pero también la empañan cuando no es posible manejarlas o tolerarlas. Muchas parejas inician sus relaciones llenas de ilusiones y expectativas, entre ellas que la pareja siempre va a ser y a estar de la misma manera, pero lo que antes era un valor y un aprecio ahora se convierte en un fastidio y una obligación que va desgastando la relación conyugal.

Aquí es donde vemos caer el velo del enamoramiento y la realidad se presenta tal cual es, al aparecer las diferencias y derrumbarse las idealizaciones la pareja pasa por una etapa de reelección y revalorización del otro, se pone en la balanza si es más fuerte el amor que se siente por la persona o la desilusión de ver que no es quien se creía que era. Equilibrar la balanza es poder comprender y aceptar que el otro es diferente, que tiene defectos y virtudes y dejar de lado la idea de cambiar a la persona para que se acomode a lo que “yo” quiero que sea. Si se logra superar esta prueba la pareja se estabiliza, surgiendo así el verdadero amor que va mas allá de la atracción física, aparece el amor de pareja, se da un proceso de reelección de esa persona como aquella persona que va acompañar el camino de la vida, se plantean nuevos objetivos y se comienza una nueva etapa en el proceso de armado de la relación de pareja.

Algunas veces se intenta forzar la situación para que la pareja funcione, esto lleva a una relación tóxica, nada sana, con una base poco firme. Toda relación tiene componentes adictivos, los cuales no son malos, el problema es cuando el “te necesito” se convierte en un controlador absoluto de la pareja e impide que cada uno de lo mejor de sí.

En estos casos la persona siente que tiene que convertirse en algo que no es para estar en esa relación, no se reconoce en sus propias acciones, la relación ya no es lo que esperaba, la relación no le está dando lo que necesita sino que obtiene sólo sentimientos de infelicidad. Sin embargo sigue sosteniendo la relación aún sintiéndose incómoda; hay algo inconsciente que le impide tomar una decisión acerca del sostenimiento de la relación.

Uno de los indicadores que vemos en una relación insana es la falta de libertad, ya no se puede amar libremente al otro como es, se generan sentimientos de ambivalencia amor-odio (esto es lo que más evidencia una relación tóxica).

La forma de relacionarse que tiene cada sujeto en todos los ámbitos de su vida viene anclada a su más temprana infancia, teniendo como base las formas de relacionarse que aprendió, a partir de la pautas de apego que estableció con sus padres, concepto desarrollado fundamentalmente por John Bowlby.

Estas pautas se ven en cada una de las relaciones que establece la persona y a partir de ahí podemos desentrañar el porqué de ciertas conductas dentro de la relación y el porqué muchas veces se sostienen las relaciones tóxicas más allá de la salud mental de los integrantes.

Lo que desde la terapia psicológica se puede hacer es indagar en la historia de la pareja para saber a partir de qué base se formó esa pareja y establecer nuevas pautas para lograr, si los integrantes desean intentar salvar la relación, un nuevo comienzo partiendo de objetivos comunes y buscando la reivindicación de la vida conyugal.