Ene 15 2014

¡Ayuda! ¿Qué hago con mi hijo que no puede rendir exámenes?

A menos que creas en ti mismo, nadie lo hará; este es el consejo que conduce al éxito. – John Davison Rockefeller (1839-1937); industrial estadounidense.

Esta temática preocupa tanto a los padres como a los jóvenes. Los chicos se sienten demasiado presionados por cumplir socialmente con una expectativa que han puesto sobre ellos, ante la cual no pueden actuar y sus padres sienten incertidumbre con lo que les pasa.

Ante esta realidad, bastante frecuente por cierto, surgen multitud de interrogantes en el joven: ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?, ¿Elegí la carrera adecuada?, ¿Tendré la capacidad intelectual para esta carrera?

Los padres desorientados comienzan a buscar explicaciones, se preguntan si es desgano, apatía, si se han mezclado en grupos de amigos que “los llevan por mal camino”, si están consumiendo drogas, etc. Todos estos temores en los padres se acrecientan aún más cuando el joven se ha ido a estudiar a otra ciudad y ellos pierden un poco el control sobre lo que está haciendo.

Lo primero que hay que dejar en claro es que ante la situación de no poder enfrentar un examen se juegan miedos, incertidumbres y ansiedades que hay que aprender a manejar. El principal motor para no querer enfrentar estas situaciones es el miedo al fracaso.

El cambio de la vida escolar a un ámbito universitario o terciario es vivido muchas veces como traumático, ya que las cosas son muy diferentes; al ser cursos más concurridos con compañeros nuevos se llega al anonimato, las posiciones de los docentes son más rígidas y neutrales, eso hace que algunos jóvenes se sientan desolados, inseguros, con temor a preguntar para no hacer el ridículo e incluso los abruma la cantidad de material nuevo a aprender.

Muchas veces estas actitudes de apatía o desgano vienen enlazadas a un discurso familiar en el que prevalece la actitud crítica e inhibidora. El joven, al no poder desprenderse de este discurso crítico, lo que hace es trasladarlo a todos sus ámbitos sociales y siente que siempre está en falta. Una aclaración importante es que este discurso es necesario y no es para nada nocivo, sólo que el joven lo toma de una manera sobredimensionada, siente que carga una mochila muy pesada sobre él y es a partir de esta acción de no rendir como muestra su rebelión contra esa mirada juzgadora de los demás. Obviamente este es un proceso puramente inconsciente, ya que no lo hace disfrutando de esta situación, sino todo lo contrario, lo sufre porque recae sobre él todo el sentimiento de culpa por no poder cumplir ni con él ni con los demás.

Este tipo de procesos pueden darse en el inicio de la carrera, a veces se da cuando ya hay varios años cursados y otras veces cuando ya son pocas las materias que le faltan rendir para graduarse.

El trabajo clínico que se realiza con el joven que enfrenta esta situación problemática es inicialmente fortalecer la confianza en sí mismo para que a partir de ahí pueda despejar qué es lo que le pasa, se derriban los mitos acerca de las carreras, materias o los profesores “monstruos” que tanto inhiben al estudiante y se intenta que de a poco pueda relativizar los comentarios de los demás. Todo esto se circunscribe a un desconocimiento propio de cuáles son las capacidades y herramientas que posee para afrontar esta realidad, es una falta de confianza en sí mismo.

Desde luego desde la clínica psicológica se tiene en cuenta principalmente el diagnóstico, si sólo es una cuestión de inseguridad o si la persona está pasando por un proceso inhibitorio más complejo, también son factores a tener en cuenta el desarraigo, los lazos sociales, posibles situaciones traumáticas que no han sido tramitadas en su momento, duelos o pérdidas amorosas, etc.

Todo esto es superable a través del trabajo psicológico comprometido, con esto quiero decir que de nada sirve llevar a un joven con un psicólogo si aquel no está convencido de que necesita ayuda. La decisión final y la efectividad de la terapia dependen fundamentalmente del joven.


Nov 15 2013

Adolescencia: Un pasaje turbulento… ¿Hacia dónde?

La juventud sabe lo que no quiere, antes de saber lo que quiere. – Jean Cocteau (1889-1963); escritor francés.

Antes de empezar a desarrollar lo que se entiende desde la psicología por adolescencia, debemos tener en cuenta que todos los adultos hemos pasado por esta difícil etapa de nuestra vida, en la cual nuestro camino estaba plagado de incertidumbres, interrogantes y angustias.

Todos los que pasamos por esa etapa de la vida nos hemos sentido incomprendidos, incapaces de sostenernos solos y con la inmensa necesidad de salir y querer llevarnos el mundo por delante, aventurarnos con las escasas herramientas que construimos a través de nuestra joven historia.

“¿Quién los entiende?”, “Antes no éramos así”, “La juventud de ahora está perdida”. Estos son algunos de los interrogantes y afirmaciones que plantean los padres de los adolescentes de hoy. La preocupación es tal que los lleva a intentar soluciones mágicas para evadir algo que todo sujeto debe transitar y tramitar psíquicamente a su manera y con las herramientas que tenga a su alcance.

Se define a la adolescencia como esa etapa de la vida cuyo principal proceso de construcción es la identidad, lo cual no es nada fácil. Es un estado conflictivo del individuo en relación con sus padres y con otros representantes de la autoridad, estado de máxima conmoción, de metamorfosis y de transformación del sujeto. Es el momento en el cual ese niño se despierta de forma traumática viviendo cambios hormonales, físicos y psíquicos que no logra entender del todo.

Se plantea la pregunta por la identidad ¿Quién soy yo? Aquí entra en contradicción lo que los padres dicen que es y lo que el adolescente siente, que usualmente no es lo que los padres dicen; así se inicia la búsqueda de la respuesta a ese gran interrogante por la identidad. Parte de este recorrido contiene la conformación de la identidad tanto personal como también vocacional-profesional.

¿Cómo me veo hoy? A partir de este interrogante podemos vislumbrar los miedos, deseos e inquietudes que tiene el adolescente en cuanto a su futuro, cómo se proyecta, sobre qué base funda su deseo, etc.

¿Qué quiero ser?, ¿Qué quiero hacer? Estos interrogantes abren la puerta al imaginario, cómo este joven se ve en su futuro, siendo esto, aquello o haciendo tal o cual cosa.

A partir de estos interrogantes se inicia la difícil tarea de reconocerse, en este tránsito el adolescente va a “duelar” al niño idealizado de los padres para ir construyendo su propia identidad, pero ya no a partir de los ideales paternos, sino que esta vez comienza a mirar hacia fuera. Los ideales de la infancia que en un momento le sirvieron de sostén son cruelmente cuestionados. Esto es lo que tanto angustia a los padres y adultos en general.

En este camino el joven debe encontrar su “yo”, que ya no es más el que sus padres depositaron en él cuando era pequeño, sino que a través de un proceso de idealización irá identificándose y construyendo su ideal del yo. Esto significa hacer una elección de vida nueva, ya no es más “mi mamá quiere que sea doctor”; aquí es cuando debería escucharse “yo quiero ser…”. En ese “yo quiero” está la pasión por hacer tal o cual cosa, orientarse por una profesión, trabajar, querer construir su propia familia.

Cuando el joven realiza esta elección lo que realmente está logrando es fundar un nuevo deseo, palpable por ejemplo cuando los escuchamos decir: Soy músico de alma, esto me llena, mi trabajo es mi pasión, es más fuerte que yo, estudio medicina porque quiero ayudar a las personas, me veo como profesional, sueño con ser así, etc.

Lo que se ha planteado hasta aquí es la salida normal adolescente, construir una nueva forma de vida que sea particularmente satisfactoria, lo que no quiere decir que sea satisfactoria también para su grupo familiar. No siempre nos topamos con esta salida, el “ideal del yo” que hemos mencionado está orientado por el padre. Durante los últimos tiempos hemos visto decaer la autoridad paterna, lo cual se deduce de la crisis de las instituciones y de otros malestares culturales, en los cuales la función paterna aparece desgastada, ridiculizada y hasta ausente; así, al aparecer la función paterna en falla, se dificulta el trabajo de búsqueda del sujeto en encontrar un ideal para su yo.

Tal función paterna debería haberle servido de base para su búsqueda y donar al niño los emblemas simbólicos necesarios para que, una vez convertido en adolescente, pudiese construir sus propias herramientas para hacer frente a su realidad.

Cuando este proceso subjetivo no encuentra resolución aparece el síntoma, palabra que paraliza, pero el síntoma es la forma más directa que encuentra nuestro psiquismo para decir basta; lo que el sujeto no puede poner en palabras lo actúa (no debemos confundir síntoma con patología). En otro apartado aclararé cuáles son las patologías propias de la adolescencia.

Desde el trabajo profesional psicológico no se puede plantear la restauración de la figura paterna para ayudar al adolescente, lo que sí podemos hacer es apostar al recurso que trae cada sujeto y esa herramienta es su síntoma. Cuando un adolescente no encuentra una salida a su problema aparece el síntoma en su ayuda, para ponerle un tope al goce y plantear el interrogante que lo llevará a golpear la puerta de un analista.

Allí se podrá descifrar el interrogante del síntoma, porque es a partir del análisis que el sujeto encuentra las razones de lo que le pasa y de lo que desea hacer con su vida.


Jul 21 2013

El suicidio adolescente

“Si yo fuera valiente me suicidaría, pero he esperado tanto tiempo que es cuestión de jugar un rato más y que el tiempo me suicide” – J. L. Borges

Ante esta temática tan preocupante vale comenzar con interrogantes: ¿Por qué el suicidio adolescente se ha instaurado como una problemática en este último tiempo?, ¿Qué lleva a un adolescente a pensar que su única salida es la muerte?

El acto suicida se enlaza a los grandes cambios culturales y económicos que han ocurrido en la última época en nuestras sociedades. Estos cambios han llevado a que grandes grupos humanos queden por fuera de lo que es nuestro sistema. La cultura posmoderna con sus innovaciones y sus tiempos tan breves suele banalizar lo nuevo y promover el goce ilimitado, permisivo, sin restricción; pero este sentimiento del “todo poder” es difícil de sostener, en ciertas ocasiones el sujeto se encuentra imposibilitado psíquicamente para soportar las insatisfacciones y esto nos lleva a encontrarnos con el famoso malestar en la cultura, donde ya podemos ver el acto suicida como un acto más de agresividad, solo que esta agresividad esta re-direccionada hacia la propia persona.

Se discriminan dos modalidades de aniquilación, la que está dirigida hacia el mundo exterior, que se despliega sobre personas, familia, grupos y por otro lado la violencia dirigida hacia el propio yo, el suicidio en sí, la auto-aniquilación, que engloba tanto los accidentes como el suicidio.

En la actualidad muchas veces se escucha que las personas ante la muerte preferirían una muerte rápida, sin sufrimiento, como un quedarse dormido sin despertar.

El suicidio puede ser consciente o inconsciente, pero responde a un proceso inconsciente y se suele manifestar mediante accidentes. El sujeto muchas veces puede aprovechar hábilmente una situación exterior y conducirla hasta producirse el daño perseguido. Esto es evidente en los adolescentes donde muchas veces estas situaciones externas rozan con el límite, son ejemplos: Juegos con armas, consumo excesivo de alcohol, exceso de velocidad, consumo de diferentes sustancias, etc. Freud al respecto nos dice: El yo se deja de lado porque se siente perseguido por el superyó y en un intento de suprimir el peligro se aniquila a sí mismo; si a esto lo pasamos en limpio, lo que vemos es una persona que no puede pensarse ni dimensionar el daño que puede ocasionarse, sólo puede sentirse perseguida, ahogada por las exigencias puestas desde el exterior como desde su propio interior; y en un intento desesperado por encontrar una salida lo único que termina encontrando es su propio fin.

La muerte está en el accionar constante de estos sujetos, siempre están caminando por el borde de la cornisa desafiando todo. Esta especie de jugueteo con la muerte no hace más que agregar a su existencia el poder sentirse por un momento dueño de su propia vida, sentirse ser en el accionar, sentirse sujeto que enuncia, que tiene palabra y no uno más entre la muchedumbre. Este malestar en la cultura nos muestra la más cruda realidad descarnada de que quien no enuncia no existe y pone al sujeto el rotulo de ser uno más, cuando en realidad lo que el sujeto desea es poder ser en el montón. Esta desilusión es la que lleva al recogimiento del yo, a resguardarse, al anonimato, al enmudecimiento. Aquí ya no vemos angustia como señal de que algo anda mal; en estas instancias vemos dolor que es más bien una apatía que deriva en una herida, una hiancia (vacío), por donde corre una hemorragia narcisista. Se trata de una perdida de energía que implica el dolor.

El deseo suicida se enlaza a una especie de autocastigo y autorreproches dirigidos al yo. En ciertas situaciones estos castigos del superyó son tan fuertes que el sujeto sólo puede pensar en callar estas voces del inconsciente, pero sólo lo logra matándose a sí mismo.

En estos intentos quien se mata no se mata a sí mismo, se mata intentando salvarse de la crueldad del superyó, pasa que en ese intento desesperado no se da cuenta de que el superyó forma parte de sí mismo. Tampoco es un acto egoísta, necesita dejar de sufrir para poder volver a vivir, así ya no puede seguir viviendo.

En la adolescencia son palpables estos momentos de recogimiento yoico (relativos al yo), quienes rodean al joven deben ser lo más astutos posibles para advertir en qué momentos éste va dando señales de su sufrir y buscar inmediatamente la ayuda profesional necesaria para guiar el proceso melancólico y que no termine con un intento de aniquilación.