Oct 4 2015

La explosión de ira, introducción al Trastorno Explosivo Intermitente

La razón trata de decidir lo que es justo. La cólera trata de que sea justo todo lo que ella ha decidido. – Séneca, Lucius Annaeus (4 a. C. – 65 d. C.); filósofo hispanolatino.

Durante los últimos tiempos se ha dado un incremento notable de consultas relacionadas con el control de la ira. En el consultorio se escuchan las personas describiendo situaciones en las cuales pierden el control (generalmente en discusiones que, a priori, parecerían poco significativas), llegando muchas veces a actos violentos que involucran a seres queridos o extraños, e incluso generándose daños a sí mismos (golpeando paredes, muebles, etc.).

Esta pérdida de control se relaciona con lo que en la clínica llamamos el control de los impulsos; quienes llegan a estas reacciones explosivas son personas con muy baja tolerancia a la frustración, incapaces de poner en palabras lo que sienten, que evidencian una gran desazón con la vida, poseen baja autoestima y que suelen presentar estados depresivos.

Son personalidades que se han forjado bajo la opresión del discurso como mandato supremo, sin lugar a cuestionamientos y han vivido mucho tiempo el malestar de la cultura en el cual todo se rige bajo la ley del “deber ser” sin dejar lugar al deseo. A todo esto se le suma el temor a no ser aceptado y quedar aislado por pensar diferente.

Se pueden diferenciar dos tipos de reacciones de este tipo: en la primera el sujeto, ante cualquier incidente de discusión, puede desencadenar un episodio de agresividad desmedida, en el cual se da tanto la violencia verbal como el impulso y/o la acción violenta, pasando después a un estado de ánimo deprimido y de culpa. En este “ataque”, como lo describen muchos de los pacientes, la persona reacciona de una forma excesiva con una ira descontrolada, experimenta una sensación de alivio durante el arranque de rabia y luego siente remordimientos y sentimientos de culpa por sus acciones.

Muchas veces la persona experimenta una amnesia del episodio violento, pudiendo sí describir el antes y el después. Este factor de pérdida de conciencia es un mecanismo defensivo puesto en juego con la intención de aminorar el peso de la culpa.

El después del episodio es sentido con una gran carga de angustia, culpa y miedo a ser rotulado/a como agresivo/a. En este caso la persona se hace cargo de la situación, se siente víctima de su impulsividad y sufre mucho cuando no puede controlar esa agresividad, sintiéndose muy avergonzada por ello.

El segundo tipo está compuesto por aquellas personas que manifiestan el mismo episodio violento, pero a diferencia del primer tipo no aceptan su responsabilidad subjetiva. En ocasiones pueden culpar a los demás alegando que fueron incitados, que no son ellos los violentos, que sólo se defienden ante los ataques de los demás, entre otras argumentaciones.

Este proceso de negación es una medida defensiva que los deja fuera de tener que pedir disculpas, pero al igual que en el primer tipo sienten culpa (no expresada) y manifiestan el estado de angustia.

La importancia del tratamiento psicológico en estos casos se centra en proveer al sujeto de las herramientas adecuadas para poder poner en juego los recursos simbólicos necesarios para establecer una relación sana con el otro. Esto se logra a partir de generar el control de sus impulsos y mejorar sus formas de comunicación.

A su vez, se hace imprescindible un trabajo de revisión para que la persona encuentre las causas de esas reacciones. Es importante que la persona conozca las herramientas psicológicas que le ayudaran a controlar esa impulsividad.

La base del tratamiento será aprender a reconocer las sensaciones y signos fisiológicos que se tienen antes de esos impulsos, detectar las situaciones que desencadenan la conducta agresiva y aprender a generar conductas alternativas.

Estos elementos que se abordan en la terapia ayudan al paciente a tener mayor grado de conciencia y control de sus accesos de ira, logrando así también mayor seguridad en la interacción social.